De todos es sabido que los irlandeses decidieron en referéndum rechazar el Tratado de Lisboa. Lo que no es tan conocido en nuestro país es el importante papel desempeñado por el empresario Declan Ganley, al frente del movimiento social Libertas, a la hora de influir en el voto de sus compatriotas, ni la polémica surgida a raíz de las sospechas de que su campaña contra el Tratado fue financiada por empresas norteamericanas. Ahora Ganley ha subido la apuesta y ha transformado aquel movimiento social en un partido que se presenta en varios países en estas elecciones.
Pese a que coinciden en dos postulados básicos, como son el rechazo de plano del Tratado de Lisboa y la ‘idea fuerza’ de que en la Unión las decisiones han de ser adoptadas en exclusiva por funcionarios elegidos por los ciudadanos, la necesidad de recurrir a políticos nacionales para implantar el partido en el resto de Europa ha hecho de Libertas un paraguas en el que encuentran cobijo los más heterogéneos candidatos. Así, encabeza su lista en Francia el soberanista De Villiers, en Holanda hace lo propio la telegénica Eline van den Broek y en España presentan como candidato al mediático invidente Miguel Durán. Además, Lech Walesa apoyó expresamente el proyecto en su puesta de largo a comienzos de mes en Roma. La presencia de todas estas personalidades conduce ineludiblemente a que antes o después se produzca cierta cacofonía en el partido, porque en temas relacionados con la Política Agrícola Común, los derechos sociales aplicables a los trabajadores provenientes de otros Estados miembros o la protección del medioambiente, por poner algunos ejemplos, el interés nacional prevalecerá sobre unas líneas programáticas tan claras como esquemáticas.
Pero lo relevante del caso es que ha sido posible estructurar un partido político a escala europea tomando como idea motriz la necesidad de cambiar la forma en la que se adoptan las decisiones en la Unión. Ése es el elemento aglutinador de tan dispares compañeros de viaje. Por oposición, la nota común al resto de partidos es precisamente su decidido continuismo respecto de la forma en la que se adoptan las decisiones en Europa, de ahí su apoyo al Tratado de Lisboa. En efecto, la ausencia de propuestas concretas, la indefinición general tras la que se ocultan los candidatos de los partidos mayoritarios, responde precisamente a que no existe entre ellos un conflicto de entidad, como a buen seguro quedará patente en el debate televisivo que esta noche mantendrán los primeros espadas del PSOE y PP. Tras cinco décadas de integración europea, no son las cuestiones ideológicas, sino las institucionales las que determinan la verdadera línea de conflicto en torno a la que se articulan las posiciones en la Unión Europea. Otra cosa es a quién interesa pagar las facturas de Libertas…