
Mientras los ciudadanos nos pensamos a quién votaremos en las próximas elecciones europeas, los jefes de estado y de gobierno de los 27 se consultan para tomar en el mes de junio la decisión acerca de quién estará al frente de la Comisión Europea durante los próximos cinco años. Como la nuestra, la suya es una decisión que potencialmente puede transformar lo que será la Unión en esta nueva legislatura. Pero, también como la nuestra, todo hace prever que la decisión se concretará en un ‘más de lo mismo’. Porque podían apostar por algún político que cuente con una idea clara acerca de hacia dónde debe poner la proa el proyecto europeo, con capacidad de liderazgo como para sacar adelante un programa que fuerce a los Estados miembros a adoptar las medidas que permitirán dejar atrás la actual crisis económica (como mínimo la regulación de los mercados financieros, impidiendo a toda costa la libre circulación de capitales hacia paraísos fiscales, y la apuesta seria, no meramente retórica, por la investigación y el desarrollo). Y cuya determinación, sin carecer de mano izquierda, implique a los líderes nacionales en el proyecto que representa la Unión. Lamentablemente no debe existir en toda Europa político alguno que cumpla esos requisitos, porque amenazan con elegir de nuevo a Durão Barroso.
Seamos serios. Nuestro hombre fue una solución de compromiso en un momento en el que no había ninguna oferta mejor. Las reticencias eran muchas, pero a pesar de su negativa imagen pública en la vieja Europa en tanto que anfitrión de la ‘foto de las Azores’, los líderes europeos le aceptaron como presidente de la Comisión. Su mandato en este quinquenio puede decirse que ha resultado discreto. Tanto el Tratado Constitucional como el Tratado de Lisboa han sido rechazados por parte de los ciudadanos europeos, y parece que se impondrá la estrategia de, en la medida de lo posible, no convocar referendos para evitar nuevos descalabros. El otro gran objetivo de su presidencia era hacer de Europa la economía más competitiva del mundo, lo que se conoce como ‘Estrategia de Lisboa’. Menos mal que llegó la crisis y puso patas arriba las economías de los Estados miembros, porque si no habría quedado más que patente que Europa no avanzaba por la senda deseada. Lo que a nadie se le escapa es el poco énfasis que puso Barroso en la búsqueda de soluciones cuando la crisis ya asomaba. Tampoco parece que los líderes que se dicen europeístas hayan quedado en muy buen lugar si durante esos meses fue ni más ni menos que un primer ministro británico el que hubo de erigirse en salvador de las economías europeas: precisamente los más críticos con Europa fueron quienes se ataron los machos y se pusieron a tirar del carro. Eso sí, Barroso salía en las fotos de rigor, pero como presidente de la Comisión no dejó mayores recuerdos que esos posados.
El lector se preguntará si el Parlamento Europeo no tiene algo que decir al respecto, y así es, aunque no mucho. Las disposiciones del Tratado de Niza, actualmente en vigor, atribuyen al Parlamento la ratificación de la propuesta que le realizan los Estados. La Eurocámara puede ponerse dura y rechazar a un candidato, pero no puede hacer una propuesta propia. Así que las opciones son Barroso o sumir a la Unión en una nueva crisis institucional. Mientras no cometa de nuevo la imprudencia de proponer para el cargo de comisario de justicia, libertades y seguridad a un homófobo y machista recalcitrante, como era Rocco Buttiglione, en principio nada le impedirá seguir cinco años en el cargo.
¿Y los ciudadanos? ¿Qué podemos hacer los ciudadanos? Pues tampoco mucho, la verdad. Las opciones son dos: que en nuestras elecciones nacionales elijamos a líderes con cabeza para que luego propongan a gente valiosa para el cargo de presidente de la Comisión o que en las elecciones europeas votemos a diputados con cabeza que no se plieguen ante cualquier propuesta que les llegue de los líderes europeos. Todo bastante utópico, sí, así que parece que Barroso seguirá apareciendo en las fotos de familia europeas. Pero mi vaticinio es que conforme pasen los años su silueta en ellas irá difuminándose hasta que su imagen se iguale con el recuerdo que quede de su gestión: borroso.