FERNANDO LOSADA01/06/2009
Ayer criticábamos la irritante campaña electoral que estamos padeciendo en España y hoy debemos cuestionarnos si esto es algo que trae causa en nuestra propia idiosincrasia o si es un mal generalizado en Europa y asociado a su Parlamento. Para comprobarlo echamos un vistazo al otro lado de los Pirineos, por ejemplo, donde también se han apuntado al festival de cortos, aunque el objeto de los mismos no sea la descalificación a los demás partidos. Más interesante es que, aunque sea por omisión, allí sí se ha mencionado una palabra desaparecida por estos lares: Turquía. El reto que supone para la Unión su posible adhesión es un tema ciertamente espinoso. Da la sensación de que en toda Europa nadie se atreve a decir abiertamente ‘no’, así que a trancas y barrancas los turcos han ido albergando esperanzas y cada vez resulta más difícil sacarles del engaño. La típica bola de nieve que arrolla a más de un adolescente que no sabe afrontar su responsabilidad es la que ha pretendido evitar Sarkozy al cancelar su visita del martes a Suecia para tratar precisamente este asunto. En España ni rastro de Turquía en la campaña, claro.
Por su parte, en el Reino Unido todo lo que está relacionado con la Unión Europea resulta controvertido y en consecuencia genera polémica. Precisamente cuando ha sido puesta en cuestión la honorabilidad histórica de los parlamentarios británicos por su asentada habilidad para cobrar dietas y pasar ciertos gastos al erario público (y por ende por la escandalosa tentativa de mantener ocultas las pruebas de tamaño fraude), ha salido a la luz que un tercio de sus 78 representantes en el Parlamento Europeo ha contratado en sus gabinetes a sus familiares más cercanos (pareja o hijos) para puestos remunerados con más de 50.000 euros al año. Todo un escándalo que a buen seguro tiene repercusión en las urnas el próximo jueves. En España, sin embargo, carecemos de datos oficiales al respecto, aunque si el mismo patrón se cumple en muchos ámbitos de nuestra sociedad, no hay razón para descartar que el comportamiento de los europarlamentarios españoles diste mucho del de los británicos. En todo caso la diferencia radica en que lo que allí es entendido como un escándalo aquí es algo que se ve con ojos bien distintos, o al menos no tan enfurecidos. Más de uno aún se estará preguntando por qué razón, si se trata de un cargo de confianza, no es correcto nombrar a aquellos que precisamente más la merecen: los integrantes de la familia.
De los eurodiputados italianos se ha sabido que son los que más cobran (150.000 euros al año) y los que menos asisten a los plenos (al 69% de las sesiones). Además, un par de candidatos de partidos diferentes se han atrevido a denunciar que la asociación de malhechores que dirige de hecho el país les ha ofrecido la posibilidad de comprar en Bari 2.000 votos a 3.000 euros y en Sicilia 500 votos por 400 (se nos escapa por qué sale más barato el voto en un sitio que en otro, pero instamos a la comisaria de Competencia a que investigue las razones de estas disfunciones del mercado). Pero la campaña italiana está monopolizada por los escándalos relacionados con la vida privada y la judicial de su presidente, que, cosas del régimen electoral, se presenta como cabeza de lista por las cinco circunscripciones en que se divide el país, aunque no asumirá el cargo de eurodiputado por mucho que le voten. De traca.
¿Dónde nos coloca todo esto? No en muy buen lugar, la verdad, porque aquí el tema estrella es el transporte empleado por el presidente del Gobierno para acudir a los mítines. Mientras tanto, Europa sigue ausente de la campaña, pero es cierto que siempre podremos compararnos con Italia y sentirnos aliviados por no haber llegado a tal nivel de degradación moral, aunque como consuelo se antoja muy pobre.