
Ya que los principales partidos políticos que se presentan a estas elecciones europeas no han perdido un solo minuto abordando los problemas de Europa, no está de más que, después de su intensa quincena inmersos en la más absoluta nadería, dejemos descansar a nuestros prohombres y, como ciudadanos responsables, dediquemos parte de nuestro tiempo a plantearnos seriamente la cosa europea. De ahí que se nos conceda este “día de reflexión”. Cada uno debe hacer la suya, por supuesto, pero hay una serie de líneas comunes que, en forma de preguntas, guiarán esta reflexión sabatina en la que ya estamos inmersos los ciudadanos españoles (exceptuando, claro está, a ese reducidísimo número de convencidos a ultranza que indefectiblemente votan por el color de la bandera que agitan en el mitin: esos, como los políticos, pueden tumbarse a la bartola con la satisfacción de haber finalizado un trabajo bien hecho). Pero el ciudadano Ñ, español medio, se plantea esencialmente estas dos cuestiones: ¿Debo votar en estas elecciones? Y si la respuesta fuera afirmativa, ¿a qué partido he de votar?
Para responder a la primera pregunta resulta inevitable pensar en las consecuencias que se derivarían de no votar. La primera sería que el ciudadano Ñ no estaría representado en una de las cámaras implicadas en la adopción de decisiones comunitarias, lo que significa que sus intereses, sean éstos los que sean, no serán tenidos en cuenta. Es posible que a causa de una infancia traumática el señor Ñ considere que su visión acerca de la vida no tiene valor alguno, que su conocimiento de las cuestiones europeas es nulo o que prefiera que otros decidan por él, en cuyo caso se abstendrá de votar, pero lo más probable siendo un ciudadano integrado en una sociedad de gran raigambre democrática es que prefiera hacer oír su voz, aunque sea escrita en una papeleta. Además, míster Ñ es consciente de que abstenerse supondría permitir que en el Parlamento Europeo se abran camino fuerzas políticas que defienden la desestructuración de la Unión Europea. En efecto, como don Ñ ha leído en esta tribuna a lo largo de la última quincena, el conflicto principal que subyace en estas elecciones, el que moviliza a más electorado, no es de carácter ideológico, sino el que distingue entre quienes apoyan la integración tal y como ha sido diseñada hasta el momento y quienes la rechazan. No votar supone favorecer a una de las facciones del conflicto (la euroescéptica), así que si ésa es la visión de Europa que ha decidido apoyar, ¿por qué no expresarlo en un voto? En el caso contrario la visita al colegio es obligada.
Después de estas cavilaciones nuestro hombre se ve inmerso hasta las cejas en un conflicto político que se le antoja ineludible, de modo que asume plenamente su compromiso ciudadano para con el voto, pero ¿a qué partido apoyar? Bueno, ahí ya debemos dejar a nuestro héroe ejercer su libérrimo derecho en secreto y sin injerencias. Eso sí, tanto a él como a nuestro lector le recordamos desde aquí que a la hora de tomar su decisión tenga en cuenta la visión de Europa que proyecta cada partido, las propuestas que pretende convertir en realidades transformadoras de la sociedad gracias al poder que le concede su voto y la integridad de sus candidatos (esto es, que no les falte ningún miembro u órgano; esta comprobación es necesaria, pues se cuelan muchos descerebrados en las listas de algunos partidos). ¿Que cómo saber de esas cosas? Pues para eso se suponía que era la campaña electoral. Ya, entendemos que vuelva a plantearse la primera pregunta, pero lea de nuevo el párrafo anterior y siga sosegadamente el razonamiento que le ha conducido hasta este punto. Aún le queda todo el día de hoy y parte del de mañana, si le resulta necesario, para tomar una decisión.