Alivio. Eso es lo que han sentido muchos de los líderes de nuestro país al comprobar que la participación en las elecciones europeas recién celebradas no se ha desplomado en relación a la última convocatoria de 2004. En efecto, los datos apuntan a que la participación de hoy (46,01%) ha sido muy similar a la de entonces (45,14%). A nivel europeo la preocupación debe ser mayor, porque la participación se ha situado en un 43,39%, lo que supone un ligero descenso que no pone freno, pero sí que ralentiza, la progresiva tendencia a la baja de este indicador (recordemos que la participación fue del 45,47% en 2004).
Los políticos españoles ya se han apresurado a hacer unas valoraciones relativamente positivas de los datos de nuestro país, pero eso no es más que un análisis rácano e interesado de los resultados. En efecto, su falta de compromiso para con el proyecto europeo, traducida en una campaña electoral deplorable, no ha tenido como consecuencia un descalabro de la participación. Y deben estar aliviados por ello. Pero no nos engañemos: en cualquier otra elección esta tasa de participación no satisfaría las mínimas expectativas democráticas. Lo que sucede es que en el caso europeo todo es distinto. Y eso porque nadie se siente responsable de que más de la mitad de los europeos no acuda a votar, ni quienes están al frente de la Comisión, Romano Prodi en su momento o Durao Barroso ahora, ni quienes se presentan al Parlamento Europeo, ayer Borrell, hoy López Aguilar y siempre Mayor Oreja. No, no va con ellos. En todo caso quienes se sienten aludidos por los resultados de estas elecciones son los líderes nacionales, Zapatero y Rajoy, Merkel y Brown. Y Berlusconi, claro. Y eso es lo que de verdad debería preocuparnos a los ciudadanos que pensamos en clave europea.